SAN CAYETANO: PEDIR TRABAJO NO DEBERÍA SER UN MILAGRO

Hoy es 7 de agosto. Y para millones de argentinos no es un día más.

Es el día de San Cayetano. El santo al que se le pide algo tan básico, tan elemental, tan humano como tener trabajo.

Y quizás ahí esté una de las mayores contradicciones de nuestra Argentina.

Porque el trabajo no debería ser un milagro.

No debería ser cuestión de suerte.
No debería depender de conocer a alguien.
No debería ser un favor político.
Y mucho menos debería ser algo por lo que una persona tenga que humillarse.

El trabajo significa mucho más que un sueldo a fin de mes.

Significa dignidad.
Significa poder alimentar a una familia.
Poder pagar un alquiler.
Poder mandar a los hijos a la escuela.
Poder proyectar un futuro.

Por eso, cuando vemos miles de personas haciendo fila, caminando, rezando y llevando una imagen de San Cayetano, no deberíamos mirar solamente la cuestión religiosa.

También deberíamos preguntarnos qué está pasando en nuestra sociedad para que tanta gente tenga que pedir trabajo como si estuviera pidiendo un milagro.

Y acá hay una responsabilidad que atraviesa a todos.

A los gobiernos de turno.
A los empresarios.
A los dirigentes sindicales.
A los políticos.
Y también a nosotros como sociedad.

Porque durante décadas hablamos de trabajo, pero muchas veces construimos un país donde trabajar no siempre alcanza para vivir dignamente.

Y tampoco podemos caer en la trampa de transformar a San Cayetano en una bandera política.

Hoy no se trata de izquierda o derecha.

Se trata de algo mucho más sencillo:

Que haya trabajo.

Trabajo formal.
Trabajo digno.
Trabajo que permita progresar.

Que un padre pueda decirle a su hijo: «Estudiá, preparate, porque mañana vas a poder trabajar y construir tu propia vida».

Ese debería ser el verdadero milagro argentino.

Que nadie tenga que pedirle a un santo lo que una sociedad organizada debería garantizar con oportunidades.

Hoy muchos van a San Cayetano a agradecer.

Otros van a pedir.

Y quizás algunos simplemente van porque necesitan volver a creer.

Que cada uno rece por lo que quiera.

Pero quienes tienen la responsabilidad de gobernar deberían escuchar ese pedido.

Porque detrás de cada vela encendida, detrás de cada oración y detrás de cada persona que camina hacia un santuario, hay una historia.

Hay alguien que busca una oportunidad.

Y hay una frase que debería interpelarnos a todos.

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