Hay despedidas que uno sabe que van a llegar, pero que igual cuesta aceptar.
Y la de Lionel Messi con la Selección Argentina es una de ellas.
Porque hoy no estamos hablando solamente del retiro de un futbolista extraordinario. Estamos hablando del cierre de una parte de nuestra propia historia. De más de veinte años viendo al mismo hombre ponerse la camiseta celeste y blanca, crecer, caer, levantarse, ser cuestionado, llorar, ganar y finalmente ser abrazado por todo un país.
Messi nació en Rosario, en 1987. Era apenas un chico enamorado de una pelota. Jugó en Newell’s, pero muy temprano tuvo que irse a España. Barcelona apareció en su vida cuando todavía era un adolescente y necesitaba tratamiento por un problema de crecimiento.
Imaginen por un momento aquello: un chico de 13 años dejando su ciudad, sus amigos, buena parte de su familia y su mundo para perseguir un sueño del otro lado del océano.
Y lo consiguió.
En Barcelona se convirtió en uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. Ganó campeonatos, Champions League, Mundiales de Clubes, Balones de Oro. Rompió récords. Hizo goles imposibles. Convirtió lo extraordinario en algo casi cotidiano.
Después llegaron París, el PSG, y más tarde Estados Unidos, Inter Miami, donde siguió haciendo historia incluso cuando muchos suponían que simplemente iba a disfrutar de los últimos años de su carrera.
Pero había una camiseta que pesaba diferente.
La Argentina.
Con la Selección la historia fue mucho más difícil.
Debutó en 2005 y fue expulsado prácticamente apenas entró a la cancha. Después vinieron Mundiales, Copas América, finales perdidas y una pregunta cruel que se repitió durante años: “¿Por qué Messi no juega en la Selección como juega en Barcelona?”.
Le dijeron pecho frío.
Le dijeron español.
Le reclamaron que no cantaba el himno.
Le reclamaron que no era Maradona.
Argentina llegó durante muchos años a medir a Messi no por todo lo que hacía, sino por aquello que todavía no había podido conseguir.
Y Messi siguió viniendo.
Tal vez esa sea una de las partes más grandes de su historia.
Porque en 2016, después de otra final perdida frente a Chile, dijo basta. Anunció que dejaba la Selección.
Y podría haber terminado ahí.
Tenía dinero, fama, títulos y reconocimiento mundial. No necesitaba demostrarle nada a nadie.
Pero volvió.
Volvió porque todavía tenía algo pendiente con esa camiseta.
Y entonces empezó la recompensa.
La Copa América de 2021 en el Maracaná.
La Finalissima.
El Mundial de Qatar 2022.
Otra Copa América en 2024.
Y aquel chico al que alguna vez Argentina discutió terminó levantando la Copa del Mundo como capitán y convirtiéndose definitivamente en uno de los símbolos más grandes de nuestra historia deportiva.
Pero detrás de toda esa historia futbolística hubo otra vida.
La de Lionel, simplemente Lionel.
El chico que conoció a Antonela Roccuzzo cuando era muy joven y que, con los años, construyó junto a ella una familia.
Thiago, Mateo y Ciro comenzaron a aparecer al costado de las canchas, en los festejos, en las fotos después de las finales.
Y quizás allí también apareció otra versión de Messi.
Porque mientras el mundo veía al número 10, él siempre pareció necesitar volver a ser simplemente esposo, padre, hijo, hermano.
El hombre que después de jugar frente a 80 mil personas podía regresar a su casa y encontrarse con tres chicos para los cuales probablemente no era el mejor jugador del mundo.
Era papá.
Y eso también explica muchas cosas.
Explica aquella imagen después de ganar Qatar buscando desesperadamente a su familia entre las tribunas.
Explica por qué, en los últimos años, empezó a hablar cada vez más del tiempo, de disfrutar, de los hijos creciendo.
Porque los grandes deportistas también envejecen.
También empiezan a contar los cumpleaños.
También entienden que hay momentos que no regresan.
Hoy Messi tiene 39 años y decidió cerrar su historia con la Selección después del Mundial 2026. Argentina perdió aquella final frente a España, pero esta vez pasó algo muy diferente a otros tiempos: nadie necesitó señalarlo.
El país simplemente lo abrazó.
Porque había cumplido.
Y quizás ahí esté la verdadera dimensión de esta historia.
Messi no necesitaba ganar todo para ser uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos.
Pero necesitó perder muchísimo para enseñarnos algo mucho más importante.
Que incluso los mejores fracasan.
Que incluso los mejores dudan.
Que incluso los mejores alguna vez quieren abandonar.
Pero también que se puede volver.
Que se puede insistir.
Que una historia no necesariamente termina en el peor momento.
Lionel Messi se despide de la Selección.
Quedarán los goles.
Los títulos.
Las gambetas.
La camiseta número 10.
Quedará Qatar.
Pero con los años posiblemente recordemos algo todavía más grande.
Recordaremos a aquel chico rosarino que tuvo que irse demasiado temprano de su casa para perseguir un sueño…
y que tardó más de veinte años en descubrir que, después de recorrer el mundo entero, su abrazo más grande estaba acá.
En Argentina

