Lo de Vélez y Defensa y Justicia no es folclore. No es “calentura del partido”. Y mucho menos debería ser presentado como una discusión más del fútbol argentino.
Guillermo Barros Schelotto y Julio Vaccari son entrenadores profesionales, hombres que tienen bajo su responsabilidad a jugadores, cuerpos técnicos y, fundamentalmente, a chicos que miran y aprenden de ellos. Y terminar a los golpes en el túnel es sencillamente vergonzoso.
Lo peor, quizás, vino después: en conferencia de prensa los dos intentaron minimizar lo ocurrido. Como si insultarse, empujarse y terminar a las piñas fuera una parte inevitable del espectáculo.
No, señores. No es normal.
El fútbol argentino ya tiene demasiada violencia como para que quienes deberían poner límites terminen dando el peor ejemplo.
Podemos discutir un árbitro, un penal, una expulsión, un campeonato. Podemos gritar, protestar y calentarnos. Pero hay una línea que no se cruza: la violencia física.
Porque cuando los protagonistas dicen “no pasó nada”, después no podemos sorprendernos cuando un jugador se pelea, cuando un padre golpea a otro en una tribuna o cuando un chico entiende que pegarle al que piensa distinto es parte del juego.
El problema no es que dos técnicos se hayan peleado. El problema es que después quieran convencernos de que no pasó nada.
Y eso sí es peligroso.
